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TEATRO EN EL SIGLO DE ORO




Un repaso por la vida y costumbres teatrales del siglo XVII español


(Sube el telón. Escenario oscuro. Luz blanca al actor. Habla desde el centro de la escena, al público)

- Todos hemos ido alguna vez al teatro. Somos perfectamente conscientes de la enorme importancia que tiene en los tiempos que corren, del papel primordial que juega tanto en la educación de las personas como en su tiempo de ocio. Hoy día, tanto en el centro urbano como en la periferia de una ciudad grande y cultural como puede ser Madrid, capital de España, podemos encontrar cada pocos pasos carteles de salas profesionales, filas de gente copando las aceras para comprar entradas, centros culturales con sus propios grupos, anuncios de certámenes de teatro... Pero no debemos caer en el error de pensar que el teatro ha adquirido su mayor grado de valoración ahora: si ha habido una época en la que ha destacado en España, ha sido el siglo XVII. Las precursoras en España de todo este galimatías que llamamos teatro moderno fueron, cómo no, las gentes del Siglo de Oro: las modestas, las nobles, los reyes, los autores de las comedias... Enterémonos de cómo vivían ellos el hecho teatral, de cuáles eran las diferencias y semejanzas, que probablemente sean por ambas partes más de las que imaginamos, entre aquellos tiempos dorados y nuestros días. Volvamos la vista atrás, viajemos en el tiempo, entonces...

(Luz azul de escenario. Se sienta en el borde del escenario)

- No podemos empezar a hablar del siglo de Oro sin una pequeña referencia histórico-cultural: el siglo XVII es el siglo del Barroco, de Francisco de Quevedo, de los duelos, de las capas con embozo (Se pone el brazo por delante de nariz y boca), del Quijote, de los “¡Pardiez!” y los “¡Voto a bríos!” (Exaltado), de la Guerra de Flandes... y por supuesto, de Lope de Vega, de Calderón de la Barca y del teatro. Muchas personas formaban parte de la actividad teatral en España ya desde finales del siglo XV, y el número de éstas se disparó en el Barroco debido al interés desmesurado que esta variedad literaria empezó a despertar en las gentes. Autores de comedias, cobradores, tramoyistas, actores... solían agruparse en compañías, conocidas como “compañías de la legua” por lo mucho que viajaban, pues en un principio, ni ciudades ni pueblos gozaban de sitios fijos para este tipo de espectáculos, sino que se veían obligados a improvisar tablados en las plazas principales de cada población. Como es de esperar, había muchos tipos de compañías dependiendo del número de componentes y de las obras que representaban. Pero dejemos que un actor de aquella época, Agustín de Rojas, nos lo cuente con sus propias palabras.

- (Entra otro actor por la derecha. Habla desde la esquina derecha de la escena. Viste calzas blancas con lazos, jubón marrón con desgarros en las mangas, florete enfundado, pañuelo en la cabeza y un enorme mostacho. Luz amarilla al actor, se apaga la luz azul de escenario, permanece la luz blanca al otro actor) Habéis de saber que hay bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, garnacha, bojiganga, farándula y compañía. El bululú es un representante solo, que camina a pie, habla al cura y dícele que sabe una comedia. Ñaque es dos hombres: éstos hacen un entremés. Gangarilla es compañía más gruesa; ya van aquí tres o cuatro hombres; uno que sabe tocar una locura; llevan un muchacho que hace la dama. Cambaleo es una mujer que canta y cinco hombres que lloran; éstos traen una comedia, dos autos, tres o cuatro entremeses. Compañía de garnacha son cinco o seis hombres, una mujer que hace la dama primera y un muchacho que hace la segunda; éstos llevan cuatro comedias, tres autos y otros tantos entremeses; están ocho días en un pueblo. En la bojiganga van dos mujeres y un muchacho, seis o siete compañeros, y aun suelen ganar buenos dineros. Farándula trae tres mujeres, ocho o diez comedias y traen buenos vestidos. En las compañías traen cincuenta comedias, diez y seis personas que representan, treinta que comen, uno que cobra y Dios sabe el que hurta... (Se apaga la luz amarilla. Sale por donde ha entrado)

(Luz azul de escenario otra vez)
- Poco a poco, los teatros públicos fijos fueron proliferando, sobre todo, aunque no exclusivamente, en las grandes ciudades como Madrid, Sevilla o Valencia. Apuntando ya maneras de divos, los actores de estas poblaciones exigían teatros permanentes con comodidades, con decorados vistosos y mejores elementos de tramoya. Y por fin, a finales del siglo XVI, se construyó el primer corral de comedias de Madrid, el Corral de la Cruz -en la calle de la Cruz-, y poco después, el Corral del Príncipe -en la plaza de Santa Ana, donde hoy se encuentra el Teatro Español-, y ambos se convirtieron en los teatros públicos por excelencia de la capital de España, adonde acudían las gentes en tropel para ver las obras de los grandes autores de comedias, y que estaban patrocinados por dos Cofradías.
Los corrales del siglo de Oro típicamente españoles eran patios con un “tablado” en uno de sus extremos.
Generalmente, los corrales no estaban cubiertos, salvo quizás por la parte del escenario y algunos asientos del fondo. Junto al escenario había unas hileras de “gradas”, y encima de éstas se encontraban los “aposentos”, que eran las ventanas de las casas que formaban las paredes del patio, y que las personas de posición social más alta podían alquilar durante un año. A los corrales se accedía por dos entradas diferentes: una para hombres y otra para mujeres; además, aquéllas mujeres de condición más modesta también tenían que sentarse separadas de los hombres en las partes más altas del teatro, que recibían el nombre de “cazuela” o “desván”. Para entender hasta qué punto eran modernas las gentes del XVII, aquí va un dato harto curioso: muchos corrales de comedias contaban con su propia cantina -o bar, que diríamos hoy-, y que entonces conocían como “frutería” o “alojería”. El público más sencillo tenía que ver las representaciones de pie, pues no podían costearse un asiento: eran los “mosqueteros”, que siempre estaban dispuestos a mostrar su desaprobación ante una obra de forma violenta (Inclinándose hacia el auditorio y bajando la voz) -sobre todo cuando se aburrían-, silbando, abucheando e incluso retándose a duelo en medio de las representaciones.

(Se levantan de varias butacas algunos grupos de alborotadores vestidos a la usanza del XVII, también con sus espadas al punto, gritándose unos a otros. Gradualmente va pasando el griterío y se sientan)

Toda esta algarabía contrastaba con los refinadísimos modales de los nobles, que permanecían al margen de las reyertas siempre que podían. Si había algo original en el teatro es que era el único espectáculo que hermanaba sin mezclarlos a pobres y a ricos en un mismo lugar. Lo más curioso que podemos encontrar probablemente, es la realización de los efectos especiales. A las gentes del XVII les gustaban especialmente este tipo de trucos, algo que no nos sorprende demasiado porque no está en absoluto alejado de las preferencias del público actual: descubrimientos inesperados gracias a alguna parte encortinada del foro (Se abren las cortinas), batallas a caballo en pleno patio, apariciones y desapariciones de los actores, nubes mecánicas que subían y bajaban para representar el Cielo, escotillones en el tablado que vomitaban humo y llamas para el Infierno... (Las trampillas escupen humo. Pausa)
En cuanto a los vestuarios que usaban, eran siempre muy ricos y vistosos, si bien es verdad que no eran demasiado realistas, pues, sin importar la época histórica que se estuviera representando, los actores siempre salían ataviados siguiendo la moda española del siglo XVII, con sus chapines, jubones, calzas, guardainfantes, espadas y capas con embozo.
Las obras no solían durar en cartel más de dos o tres días en el mismo corral debido a lo exigente que era el público de la época (Vuelve a inclinarse hacia el auditorio, con sorna) -y nos quejamos hoy-. Por eso, muchos autores teatrales llegaron a escribir cantidades desmesuradas de comedias, como Lope de Vega, que parece ser que compuso más de 300 obras teatrales, y es que tenían tanto éxito que incluso antes de que las hubiera terminado, los corrales de comedias ya las anunciaban como próximos estrenos.
(Se levanta)
Es posible que después de este breve recorrido por el teatro del Siglo de Oro, podamos plantearnos que, al fin y al cabo, amigos, en realidad no hemos descubierto nada...

(Se encoge de hombros y sale por el fondo de la escena. Oscuro. Cae el telón)


Esmeralda López Muñoz

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